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LOS SEMINARIOS COACHING: LA NUEVA TERAPIA

Un espacio para conocer la voluntad de Dios

LOS SEMINARIOS COACHING: LA NUEVA TERAPIA

Todos conocemos a alguien que lo ha hecho o que conoce a alguien que lo ha hecho. Alguien que ha ido, se ha metido una semana en un grupo de algo que no puede contar, pero que te dice que hace bien, que hace muy bien, que te cambia la vida, y te lo recomienda. No te lo recomienda, te pide por favor que vayas, o casi, y te habla como quien te afilia. El listado de los nombres es diverso: puede llamarse coaching o insight o entrenamiento o seminario de liderazgo y, muy básicamente, se trata de un curso para un grupo cerrado de personas que paga por ese curso, en el que deben realizarse ejercicios que los coordinadores llaman vivenciales, algunos bastante violentos, en los que, se supone, uno se empieza a encontrar con uno mismo. En resumen: otro ítem de la industria de la autoayuda que la clase media angustiada y con problemas de autoestima consume con fervor después de haberse decepcionado un poco de los libros de Bucay. En mi grupo, unas cuarenta personas que pagaron 400 pesos cada una (pagamos), había un ex jugador de tenis que soñaba con gerenciar su propio club; una mujer dueña de un negocio de alquiler de disfraces a quien por las noches la soledad la desespera hasta que el whisky le quita la desesperación; una chica de veinte años, dulce y asustada, que fue abusada por un vecino pero sus padres no le creen. Fueron cinco días en la sala Julio Cortázar del Paseo La Plaza, la empresa que dicta el seminario se llamaba y se sigue llamando Munay (una voz andina que quiere decir corazón o algo de eso) y su director, Juan Aguilar, es un cincuentón de dos metros que egresó de la Universidad de Buenos Aires con el título de contador. Para la Asociación Psicoanalítica Argentina se trata de un procedimiento riesgoso que puede provocar regresiones y traumas si no es llevado adelante por profesionales idóneos. Para mucha de la gente que sale de allí se parece bastante a volver a nacer. Lo que sigue es la crónica de una cura o de una estafa, ustedes sabrán a quién le preguntan.

Día 1
Lo primero que se nos para enfrente es nuestra entrenadora, la mujer que nos ayudará a ser mejores. Diana García debe andar en los cuarenta y algo, morocha y firme, el gesto tenso de una generala, unos dientes enormes y blanquísimos, unos ojos enormes y negrísimos, y con las inflexiones un poco impostadas de alguien que no completó sus estudios de teatro. Diana, sin mucha vuelta, procede y nos lee las reglas: no podemos llegar tarde, lo que quiere decir algo más que solamente no podemos llegar tarde: quiere decir que a las siete en punto va a comenzar a sonar la música de Misión Imposible, ya saben, el repiqueteo ese que compuso Lalo Schifrin para la vieja serie de televisión. Si suena el último acorde del tema y uno no está sentado allí, adiós: te retipsi. qxd 13/03/2008 0:44 PÆgina 3 ran la silla. Cuando llegues vas a tener que volver a comprometerte frente a tus compañeros, porque lo que hiciste, te dicen, nos dice Diana, no fue llegar tarde sino romper un compromiso, con ella, con tu grupo y, lo peor, con vos mismo. Si te volvés a comprometer, te devuelven la silla. Si no, te tenés que ir.La forma de comprometerse es ponerse de pie cuando la regla es enunciada. ¿Te comprometés a no tomar alcohol ni fumar marihuana durante los cinco días del entrenamiento? Acepto, es decir, me pongo de pie. ¿Te comprometés a mantener la confidencialidad de todo lo que ocurra dentro de estas cuatro paredes? Digo que me comprometo. Lo que viene después es nuestro primer ejercicio. En un espacio delimitado, los cuarenta debemos empezar a caminar buscando con la mirada la mirada de los demás.
Cuando fijás los ojos en alguien, te le parás enfrente y le decís una de estas cuatro frases: “confío en vos”; “no confío en vos”; “no sé si confío en vos; no voy a decirte si confío o no en vos”. Después seguimos caminando, hasta encontrar una nueva mirada y volver a decidir. Yo me paro frente a una señora rubia que tiene hijos darkies y un pasado de mujer golpeada. Me dice: “no confío en vos”. Le digo: “confío en vos”. La mujer se va avergonzada. Vamos por más. Me cruzo con un tipo alto, de rulos: confío en vos. Me cruzo con una adolescente pecosa: “no confío en vos”. Me cruzo con una señora de ojos claros: “confío en vos”. Me cruzo con el profesor de educación física: “confío en vos”. Me cruzo con un rubiecita de labios extra finos: no confía en mí. Me cruzo con un petiso de riñonera y pelo al ras: confía en mí. Después nos detenemos. Hay que cerrar los ojos. Hay que levantar la mano si fuiste el ciento por ciento honesto. Ahora si fuiste el setenta y cinco por ciento honesto. Ahora si fuiste el cincuenta. Ahora si no llegaste al cincuenta. Ahora cada uno vuelve a su silla.

Día 2
Un par de chicas llega tarde: la música de Misión Imposible dejó de sonar cuando a las chicas les abren la puerta. ¿Qué pasó? Las chicas patalean, hablan del tránsito, el subte. La entrenadora no se inmuta: ¿Qué pasó? Hasta que las chicas no dicen que lo sienten, que se quieren volver a comprometer, no tienen dónde sentarse. Ahora Diana nos da algo de teoría. Nos habla de nuestro círculo de confort, de las resistencias al cambio, todo con dibujitos en fibrón negro sobre una pizarra. Los ejemplos son más bien básicos, de póster: lo esencial es invisible a los ojos, carpe diem, esa onda. El éxtasis llega con la teoría de las cáscaras de cebolla, la forma que tenemos de abroquelar nuestro corazón de niños, que aquí es una idea sustancialy en Shrek es un parlamento del burro. Después Diana nos habla de los cangrejos mexicanos. Parece que en México hay unos cangrejos que, cuando son atrapados en grupo, no escapan. Y si uno de ellos intenta hacerlo, el resto lo cacha de las patitas y lo trae de vuelta. Total que en Munay descubrieron alguna clase de epifanía con esto de los cangrejos y se la pasan preguntándonos quiénes son los cangrejos mexicanos de nuestras vidas, quiénes nos tiran para atrás, quiénes no nos dejan salir. Una señora morocha se para y dice que sus cangrejos mexicanos son sus miedos. El resto se conmueve ante esa muestra pública de coraje. Algunos amagan con aplaudir. Suponiendo que la señora se llamara Estela, hubiera estado bien un “te queremos, Estela, te queremos”.

Día 3
Hoy todos muy puntuales, no vaya a ser como ayer. A veces pareciera funcionar algo del orden del temor, del miedo a ser reprendido frente a clase: supongo que ellos lo saben y así funciona mejor. Ellos lo justifican desde el compromiso: compromiso para el cambio. Acá adentro es fácil sentirse un personaje de Lost. Está la divorciada conflictuada; el inseguro que quiere aprender a decir no; la que no se encuentra con la hija; el que no sabe lo que quiere. Yo voy con la del adoptadito abandonadito, que en general funciona. Todos completamos un mapa de caracteres variado y, nos juran, en proceso de transformación. Hoy le tuvimos que escribir una carta al niño que fuimos y después tuvimos que ser ese niño y dejarnos abrazar por otro participante que hacía de papá o de mamá, según. El cuadro, a las once de la noche de un viernes de febrero, era el de cuarenta personas supuestamente adultas y responsables de sus actos, arrodillados sobre la alfombra y abrazando unas a otras, la mitad comportándose como niños asustados, la otra mitad como agentes protectores, padres, tutores o encargados. Y claro, siempre todo muy llorado. Hasta ahora los días venían terminando con un cuento en boca de la señorita entrenadora, pero hoy nos ponen una canción que cruza sin culpas los géneros del bolero y la autoayuda.
El tema, cantado a lágrima batiente, dice: “Uno mismo se enciende/uno mismo es la llama/ uno mismo es la niebla/uno mismo se apaga”. Hay que escucharla una vez obligatoriamente y después nos podemos quedar a escucharla todas las veces que nos parezca necesario. Me fui a la segunda pasada. De todas formas, antes de irnos hubo que comprometerse a mantenernos en silencio durante una hora.

Sugestión
Las técnicas de liderazgo personal o coaching ontológico hicieron su entrada en la escena de la psicoterapia hace unos treinta años, apoyadas por algunas corrientes teóricoclínicas como la escuela gestáltica. Cerca del psicodrama, al filo de la fenomenología de la sugestión antes que de la acción terapéutica, la comunidad psi comenzó llamándola “laboratorios”. En la Argentina la diversificación de emprendimientos que ofertan esta clase de psicoservicios se produjo en los últimos diez años y la empresa que más ruido hizo se llamó Argentina Works, que fue denunciada por las cámaras de Telenoche y, después de algunos forcejeos dialécticos, desapareció. Los seminarios, su venta, está dispuesta en forma escalonada, y la idea es que después de participar de un nivel, la persona que eligió este camino de restauración emocional o de lo que cree es una restauración emocional, puede subir el nivel siguiente. En Munay, que lleva quince años de seminarios, el primer nivel, el nivel testigo de esta crónica, se llama “espejo”. El segundo, con mayor carga horaria y mayor costo ($ 700), se denomina “vínculos”. El tercero se llama “acción” y el cuarto y último es “el caldero (el arte de mantener encendida la llama)”. Con cada nivel se extrema 36 psi.qxd 13/03/2008 0:45 PÆgina 4 también la violencia de los ejercicios. En la fase final, las pruebas no son en un aula a puertas cerrada con la coordinación de un entrenador sino en plena calle, donde, argumentan, están los miedos vivos, reales. N pide reserva de la identidad primero y después cuenta que una compañera de grupo (no en Munay sino en Argentina Works) debió salir a la calle a darse besos de lengua con los chicos que limpian parabrisas en las esquinas porque su miedo, su resistencia, era el contacto con cualquier tipo de suciedad. “Estos cursos o seminarios pueden ser riesgosos y desencadenar fenómenos regresivos importantes”, dice Andrés Rascovsky, médico psicoanalista y hasta hace poco secretario científico de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), entidad a la que aún pertenece. Continúa Rascovsky: “Cuando hay gente que asiste a esta clase de lugares no en la búsqueda de una experiencia humana sino con un anhelo de curación o de tratamiento y se encuentra con que el que lo cura es un contador, entonces puede desencadenar una psicosis, una depresión transitoria o terminar siendo un fenómenos traumático”. –¿Qué se le puede decir a alguien que se siente mejor una vez que completó el seminario? –De la iglesia de los brasileños que están a la medianoche en televisión también sale gente conmovida que se siente curada, pero ni en la iglesia universal ni en los seminarios estos hay un trabajo de elaboración clínica, sino apenas una voluntad y mucha sugestión. –Hay un ejercicio donde el participante tiene que identificar sus miedos y avanzar hacia un punto rojo, que simboliza su deseo, y no detenerse hasta llegar, aunque sus miedos

AFP
psi.qxd 13/03/2008 0:45 PÆgina 5 se lo impidan. –¿Pero cómo le pueden pedir al sujeto que identifique sus propios miedos? Los motivos por los que una persona no accede a su deseo no se manifiestan en el plano de la conciencia, es decir, el tipo no los conoce, y si se somete a un proceso terapéutico es precisamente para poder identificarlos, cosa que no va a conseguir con un ejercicio vivencial de quince minutos hecho por cuarenta personas a la vez. –¿Es una estafa emocional? –Yo diría que es algo más grave: es poner en peligro el esquema psíquico de las personas. Dicho de otro modo, es poner en riesgo la salud.

Día 4
Desde las diez de la mañana hasta las ocho de la noche, todo el día allí adentro. Cuarenta tipos (treinta y nueve, una abondonó) gastándose un sábado de sus vidas en jugar a que estamos creciendo. Después del mediodía todo se vuelve bastante insoportable. La prueba de fuego es aguantarse cuando todos nos tomamos de la mano y el chico de los discos nos pone Sólo se trata de vivir, de Lito Nebbia y por Lito Nebbia. Encima hay que cantarla. La canción, que es un ladrillazo estando en casa con amigos y un cabernet, puesta a todo volumen dentro de un seminario de liderazgo personal se convierte en algo monstruoso, inclasificable.

Día 5
Para mí es el ejercicio estrella de los que tuvimos que hacer en estos cinco días. Es así: primero hay que pararse en un extremo de la sala, tomar el micrófono y decir, a viva voz, cuál es el máximo deseo de nuestra vida. Formar una familia, ponerse un Laverap, el que sea. Después, hay que fijar la vista en un círculo rojo de cartulina que está pegado en la pared de enfrente y que simboliza el deseo que acabamos de anunciar. Después hay que elegir a un compañero para que sea nuestro Pepe Grillo y a otros cuatro o cinco para que sean nuestros miedos. A cada compañero que hace de miedo hay que pedirle que nos grite eso que más nos duele que nos griten: sos cagón, sos alcohólico, te violaron, lo que sea, pero bien gritado. El ejercicio consiste en caminar hasta el círculo rojo, es decir, hasta nuestro deseo, mientras los compañeros nos obstruyen el camino gritándonos lo peor que nos pueden gritar. Atrás, pegadito, por suerte, lo tenemos a Pepe Grillo que nos dice: vos podés, vos podés. A mí me toca detener a un mujer de sesenta años, ex jugadora compulsiva, que me elige para que le grite lo que dice que ya no quiere que le griten. La señora arranca, yo me le paro adelante y con toda la violencia de la que soy capaz le suelto al oído: ¡Estás enferma! ¡Estás enferma! A la mujer no le lleva más de dos metros ponerse a llorar a moco suelto y sigue avanzando como puede mientras trata de esquivarme. Estoy decidido a no dejarla pasar y le sigo gritando hasta que la señora, con la fuerza que el llanto todavía no le quitó, me empuja, me tira para atrás, me grita que me va a vencer, que me corra porque ella va a pasar igual. Cuando llega finalmente al punto rojo (todos llegan) se desploma sobre otra compañera. Le lleva un rato recuperar el aliento. Después viene, me abraza, me dice gracias, me dice que le hice bien.

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